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LA CRISIS: UNA CUESTION DE DECIDIDORES
Buenos Aires, 15 de noviembre de 2000 N°
45 Año 07 Tomo 07
La toma de decisiones no solamente es un requisito básico
de cualquier administración, sino un requisito inherente
y universal de todo ser humano.
Las decisiones intrínsecas de todas las horas y los
días son de la persona humana, que se ejercita en el
diario vivir.
También las decisiones son profesionales: los médicos,
los profesores, los diplomáticos, los entrenadores
de equipos, los científicos, los plomeros, el ministro
y el presidente tienen que tomar decisiones como parte de
sus actividades profesionales.
Los administradores decisores profesionales tienen una razón
de ser: tomar decisiones.
En un mundo complejo, las decisiones no son fáciles
de tomar. Hay muchos modos de acción y algunos de ellos
debe adoptarse, previo sometimiento a algunas pruebas.
Ciertos administradores son muy intuitivos, como se daba el
caso del ex presidente C. Menem; otros aplican ... muy formales
y sistémicos razonamientos inductivos (muy cartesianos)
y occidentales (los orientales tienen diferente metodología).
La investigación emplea herramientas técnicas,
la lógica, el cálculo, la estadística,
pero en muchos casos arriba a modos de acción tardíos,
superados por nuevos acontecimientos. En el caso del político,
además busca consensuar las partes para evitar reacciones
y conflictos. Se dice que es el caso del presidente De la
Rúa. Siempre busca los consensos propios de vivir en
democracia.
Es una buena regla, pero no siempre aplicable. Por ejemplo,
como en el caso de los mercados externos, que juegan con los
bonos y crean situaciones de riesgo, si no se reconoce a tiempo.
En realidad, lo más conveniente es la fusión
del intuitivo y del consensuador metodológico.
Para el caso que nos ocupa, el ideal parece ser contar con
un decididor profesional que comprenda los dos enfoques y
tome decisiones lo más acertadas posibles, las más
lógicas y se anticipe a los hechos para evitar mayor
desgaste y pérdida de energía.
En el análisis del problema de la Administración
del Estado, el primer problema es que el político muchas
veces antepone el interés partidario sectorial, o el
personal antes que el de la ciudadanía.
Dios le ha puesto al hombre los bienes de la naturaleza para
que los administre. Para eso, a diferencia de los animales,
les dio inteligencia.
Los hombres organizados en Estados-Nación, en esta
etapa de la civilización, procuran organizarse y poner
al frente democráticamente o no a alguna persona para
que administre el bien común.
Otra falla de nuestros administradores, más allá
de olvidarse de muchas promesas y de algunos cheques en blanco
que procuran pagar de algún modo no conocen suficientemente
las técnicas de gestión de la administración
de la cosa pública. Es toda una ciencia que tiene sus
técnicas y sus métodos.
En general, el mundo está dominado por la economía;
se habla de economicismo y de que los políticos van
a la zaga de los hechos, particularmente económicos
financieros.
Buena parte de razón nace de la posición periférica
argentina y de la consecuente falta de training.
Veamos el caso España. Este país aceleró
su crecimiento después que ingresó -previas
reformas- a la Comunidad Económica Europea. Es así
que hoy se encuentra en estado floreciente, por supuesto bajo
las "leyes" supranacionales de Bruselas.
En ese sentido, nuestra clase política y más
aún el pueblo argentino es bastante rebelde a someterse
a otros poderes extranacionales o supranacionales, cual es
el caso de no institucionalizar el Mercosur, a diferencia
de la citada Unión Europea, que cuenta con Parlamento,
Corte, Ejércitos, Poder Ejecutivo y una política
externa y de defensa común.
También el Administrador presidente se encuentra con
una cultura de no cumplimiento de las leyes más elementales,
como la del tránsito, o de las obligaciones tributarias,
requisitos básicos para la buena convivencia.
En estos días el Administrador está modificando
las leyes previsionales de varios grupos etáreos de
ciudadanos que adoptaron el sistema de reparto para "asegurarse"
una jubilación.
Hoy al suprimir el Gobierno la Prestación Básica
Universal, los trabajadores son desagiados en su esperanza
de un monto jubilatorio en razón de su supresión
por razones presupuestarias.
Un trascendental cambio de reglas de juego, que obligará
a aquellos que se jubilen de ahora en más, a recurrir
a la búsqueda de recursos adicionales para cubrir sus
necesidades elementales de vida.
Los cambios frecuentes de reglas de juego (leyes, decretos
y resoluciones) crean inestabilidad y aceleran la incertidumbre.
A nivel internacional y nacional se critica a la Argentina
por la inseguridad jurídica.
Es cierto que deben llevarse a cabo una serie de reformas
de Segunda Generación, de difícil gestación
y consenso, al punto que el PEN opta en algunos casos y quizás
se recurre con más frecuencia, a los decretos de necesidad
y urgencia, como vía rápida para producir cambios,
dada la natural lentitud de los cuerpos colegiados, como es
un Congreso donde el quórum con representantes muy
fragmentados es difícil, frente a la crisis reinante,
mientras crece la impaciencia popular.
Falta de respuesta, dilaciones y respuestas tardías
abundan. Ello provoca reacciones populares.
Entre los requisitos de la gobernabilidad está la toma
de decisión en tiempo y forma.
En la crisis actual -esencialmente política- los decididores
sean gobernantes o legisladores nacionales o provinciales,
tendrán que hacer fuertes restricciones, porque los
fondos no alcanzan para cubrir y satisfacer todas las demandas,
muchas de ellas nacidas de la campaña electoral.
En general, hemos visto que los políticos para administrar
lo económico recurren a tal o cual economista, para
que desde la cartera administre los bienes nuestros.
Ahora bien, el decididor político quiere tener al pueblo
contento, dándole más de lo que no tiene. Para
ello recurría a las Cajas de Jubilaciones que eran
un fondo de reparto de recursos para otros fines, hasta que
hubo que crear los fondos de capitalización personalizados.
También se recurrió a los préstamos externos
del sistema financiero internacional, o del crédito
doméstico y a la venta de bienes comunitarios (empresas,
predios, etc.).
Algunos países tuvieron que vender parte de su territorios.
Rusia le vendió Alaska a los norteamericanos. Si no
hubiera ocurrido ese hecho, los rusitos alaskaeños
hubieran sido tan americanos como los estadounidenses, o como
nosotros los periféricos sureños.
Los decididores gobernantes de estos días están
en un tremendo desideratum en tomar el rumbo en una dirección
de seguir gastando pidiendo unos 15 ó 20.000 millones
más para que lo paguen nietos y biznietos, o decidir
la grave y desagradable medida de gastar menos como aconseja
la lógica profesional, como dice Daniel Artana de FIEL
y redondea Juan Carlos De Pablo, que algún día
de estos Santa Claus (Bancos, inversores, etc.) o algún
hombre providencial nos van a salvar del derrumbe total (default)
para empezar de nuevo a construir un sólido y a la
vez modesto edificio de un Estado bien administrado.
El día que Santa Claus diga basta, esto puede ser un
caos. Esperemos que a los políticos y a los empresarios
ya no se les ocurra llamar a un general. Eso ya pasó.
Tampoco a un mago. Para administrar bien, como dice el criollo,
se necesita "muñeca" y un equipo de administradores
idóneos.
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