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¿Reacomodamiento o fragmentación?
Buenos Aires, 28 de marzo de 2001
El ingreso de D. Cavallo al gobierno, además de dividir en
partes iguales las expectativas de la sociedad argentina (una
sociedad que no le dará mucho margen para que pueda comenzar
a mostrar los resultados de sus medidas económicas) influye
decididamente en la conformación partidaria.
El análisis indica:
la clase política dirigente de cualquier partido tratará
de romper el dilema de "Cavallo o la nada" (no porque les
moleste el ministro, sino porque todos saben que ha dejado
de ser un técnico para pasar a ser un adversario; y este adversario
con resultados económicos positivos, se transforma en una
realidad escasamente contemplada para el futuro);
la fragmentación partidaria obligará al Poder
Ejecutivo a estar construyendo permanentemente una serie de
apoyos sin distinción de partidos, que provocará mayor lentitud
en el tratamiento legislativo y mayor desgaste en el poder
político (esta última condición será la característica distintiva
del período político venidero, por lo que el margen de gobernabilidad
será nuevamente el problema del sistema político nacional,
ante un Poder Ejecutivo debilitado y una atomización del resto
de los actores políticos);
el debate sobre la delegación de facultades especiales
va tejiendo un nuevo mapa político en el Congreso (más que
la conformación de una nueva alianza, lo que se traducen son
las limitaciones partidarias y cómo los principales dirigentes
juegan a no romper pero también a no apoyar);
dos terceras fuerzas aparecen licuadas frente a la
crisis: el Frepaso y Acción por la República (que nunca fue
una prioridad para Cavallo); el Frepaso, quizá la fuerza política
que más está perdiendo en esta pulseada, muestra a su conducción
confiando en poder volver al gobierno desde algún lugar y
a los legisladores disidentes volviendo a la "Carta de los
Argentinos" para seguir en el rol de oposición enquistada
en el gobierno (entre la ética de la responsabilidad y la
ética de la posición);
el titular de la UCR no está de acuerdo ni con el modelo,
ni con el ingreso de Cavallo, pero sabe que jugar al fracaso
de este aporte extra-Alianza acota mucho los márgenes políticos
de su partido en el futuro (R. Alfonsín fue presidente y conoce
hasta que punto se puede tensar la cuerda en un país dividido
en intereses contrapuestos e ideologías totalizantes; por
el momento su objetivo sería no ceder fácilmente, obligando
al Gobierno a conducirse sobre el límite);
la elección catamarqueña, el primer test electoral
en el interior desde octubre de 1999, dio un respaldo al emprendimiento
aliancista local encabezado por el gobernador O. Castillo
(la recuperación de la administración central a través del
ingreso de Cavallo neutralizó la "tarjeta roja" para la Alianza
que en algún momento se esperó; una derrota en esta provincia
hubiese repercutido en el poder central; pero dentro del marco
en el que está inmerso el país, este triunfo aliancista pasa
desapercibido);
el presidente De la Rúa jugó su última carta en Cavallo;
si el ministro no logra doblegar la recesión económica y conformar
al arco político, una nueva crisis sobrevendrá y ya no habrá
ni figuras del círculo íntimo para intercambiar ni habrá apoyos
partidarios; en ese caso una nueva crisis institucional será
la última y lo que comenzará a debatirse es la sucesión presidencial
(este estado de cosas era absolutamente evitable, pues las
razones de ese supuesto fin deberán encontrarse en la rigidez
de los partidos políticos, en los personalismos, en la permanencia
de idearios excluyentes en lo económico y en un crecimiento
del desencanto social con lo político y con la democracia).
En síntesis, ¿Argentina escapará a su destino presidencialista
y a un bipartidismo imperfecto? en ambas condiciones imperan
sus fortalezas y sus debilidades como sistema político. Deberá
aprender a construir un destino donde este sistema político
puede y debe ser compatible con una economía moderna de mercado.
El Gobierno pierde; sometido a un desgastante proceso de toma
de decisiones en donde es incapaz de compatibilizar los intereses
de su partido, de su ex socio político y de la sociedad (ésta
última resquebraja su base de representatividad y por lo tanto
de autoridad y legitimidad). Debe replantearse un profundo
cambio y modernización política que abarque y supere el punto
del financiamiento de la política.
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