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EL ESTADO DE LA POLÍTICA BRASILEÑA
Los políticos no son amos, sino que son los
servidores de la ciudadanía, la cual debe ser continuamente
activada.
La política se desarrolla en términos
de coaliciones de partidos estatales, los cuales dejan al
descubierto más los intereses locales que los nacionales.
No existen grandes partidos nacionales, consecuentemente
a la larga o a la corta, las luchas internas devoran a las
coaliciones y debilitan a los Gobiernos haciéndolos
más permeables a priorizar lo partidario que lo comunitario.
Más aún, esto ocurre cuando se presenta
la necesidad de enfrentar la complejidad de la política
contemporánea sometida a la interdependencia de las
variables imperantes globalizadas como los escurridizos mercados
de capitales, las luchas comerciales y pérdidas de
soberanías en las decisiones ante el avance de la integración
y alianzas estratégicas regionales.
Por último, la política aparece asediada
por la corrupción en todos los niveles de lo público
y lo privado, donde la ciudadanía libre observa azorada
como los fondos de naturaleza pública, o las conductas
éticas de legislación, son objeto de juegos
de poder e intereses mezquinos.
La corrupción corre paralela con el amparo que le proporciona
la impunidad. El cumplimiento de las leyes son para los débiles
indefensos. Para los poderosos, ni justicia ni cárceles.
Las instituciones sufren el influjo de la mala política
hecha por políticos profesionales de la política,
ponderando sólo los intereses personales.
En síntesis, con políticas erráticas,
sin políticos virtuosos e idóneos y sin justicia
eficaz, Brasil entra en la vorágine del conflicto social,
acentuada por la crisis energética y consecuencias
políticas y laborales.
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